Cuando era niño solía ir desde mi casa en Surquillo al cine Pacifico que se encuentra hasta hoy en el ovalo de Miraflores. Mi madre y yo teníamos como costumbre ir por lo menos 2 veces al mes. Yo iba de su mano, en la larga cola que se formaba en las afueras donde se podía observar la pileta en el ovalo, y en la avenida Pardo el león del Rotary Club donde me tomaron una foto a los 4 años.
Me encantaba ver el orden de aquel lugar
Los domingos que salíamos en mancha a correr, eran simplemente lo máximo.
Cuando el reloj marcaba las 4 de la mañana entre silbido y silbido se iba formando el grupo. Se encendían las luces de los cuartos y afuera el único sonido era el de la pelota rodando y la chapa graciosa de algún amigo, era la llamada para el largo recorrido desde Surquillo hasta Magdalena. Ese grupo de chicos entre 13 y 16 años, iba llenando la calle de juventud, de alegría de bromas, de felicidad.
Pateábamos la pelota un rato hasta que salía toda la mancha con sus shores y tabas, afanosos de correr y jugarse una pichanga. Alguna vez llegamos a ser 20 en la canchita de fulbito rápido en Magdalena para un triangular
Me encantaba ver el orden de aquel lugar
Los domingos que salíamos en mancha a correr, eran simplemente lo máximo.
Cuando el reloj marcaba las 4 de la mañana entre silbido y silbido se iba formando el grupo. Se encendían las luces de los cuartos y afuera el único sonido era el de la pelota rodando y la chapa graciosa de algún amigo, era la llamada para el largo recorrido desde Surquillo hasta Magdalena. Ese grupo de chicos entre 13 y 16 años, iba llenando la calle de juventud, de alegría de bromas, de felicidad.
Pateábamos la pelota un rato hasta que salía toda la mancha con sus shores y tabas, afanosos de correr y jugarse una pichanga. Alguna vez llegamos a ser 20 en la canchita de fulbito rápido en Magdalena para un triangular
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